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Haz el puzle. Las piezas son numerosas: pezones, caderas, labios, tono de piel… Todo en el cuerpo de una mujer, o de un hombre, puede leerse como “reclamo” para atraer al sexo opuesto.

Hoy lo sientes: es uno de esos días en que te has levantado radiante, la energía te envuelve y parece que todo va a salir bien. Te has entretenido en el baño, retocando, cuidando y mejorando tus encantos. Has escogido con cuidado la ropa, interior y exterior, y muestras más piel que de costumbre. Cuando te miras al espejo, lo sabes: hoy estás sexy. Hoy te vas a comer el mundo. Estás que te sales. Pero ¿qué es exactamente lo que ves en el espejo? ¿Por qué sientes esa electrizante sensación de poderío? ¿Cuáles son las razones de tu vibrante confianza? ¿Por qué determinados rasgos son atractivos para los humanos, y otros en cambio no? En suma: ¿qué te hace sexy? Y sobre todo: ¿puede comprarse en tiendas? Existen señales sexuales que todos compartimos, y que están programadas genéticamente porque han evolucionado. Los genes que son su causa se han hecho dominantes, ya que sus portadores tenían más éxito reproductivo. En el sentido más literal del término, la evolución es el triunfo de lo sexy, puesto que quienes más atraen dejan mayor descendencia. Estudiando los artificios que utilizamos los hombres y las mujeres para tener más atractivo sexual y proyectarlo, podemos deducir qué cosas encontramos deseables. Viendo lo que exageramos y lo que corregimos, sabemos lo que buscamos (y lo que los demás quieren ver en nosotros).
Algunos dicen que apreciar la belleza es lo que nos diferencia de los animales, una característica única y propia de los humanos que nos separa del resto de la biosfera; la hermosura parece inefable, y su disfrute quizá nos haga superiores. Pero cuando se analiza en detalle, resulta que consideramos bonito aquello que es evolutivamente positivo. La belleza puede definirse en términos de ventaja evolutiva, y eso no nos separa, sino que nos une al resto de los seres vivos. Nuestros genes quieren hacer muchas copias de sí mismos, así que procuran seleccionar bien la pareja con la cual hacerlo. Lo bello resulta estar relacionado con dos características básicas que busca todo ser vivo dotado de reproducción sexual al seleccionar sus parejas: fertilidad y calidad del genoma. A las que en humanos, monos sociales, se añade una tercera directamente relacionada con ello, y que es el estatus social. Buscamos fertilidad para asegurarnos de que nuestros genes pasen a la siguiente generación, y nos procuramos genomas de calidad que combinar con el nuestro para que nuestros descendientes sobrevivan. Y parejas de alcurnia, porque así la descendencia disfrutará de una vida mejor. Todas las cosas que nos atraen son indicadoras de fertilidad, de buenos genes o de alta posición social, como un análisis del mundo de la moda y del maquillaje confirma. Los genes quieren, pero el arte engaña.

El ubicuo encanto de la
Lo primero que se le pide a una pareja es la capacidad de tener descendencia; o sea, fertilidad. De nada sirve a los genes que su portador se aparee con alguien estéril, así que la tendencia a buscar señales, siquiera indirectas, de fertilidad es muy fuerte. Lo cual explica el persistente y ubicuo encanto de la juventud, extendido por pueblos y culturas diversas y siempre una de las principales cualidades del atractivo: lo joven es bello porque es fértil. Después de los 40 años, la fertilidad de la mujer declina estrepitosamente; en los hombres el efecto no es tan marcado, pero también se da. Por tanto, todo lo que transmita juventud, verdadero o falso, es mucho más sexy. De ahí el Botox, los miles de millones gastados anualmente en cremas contra las arrugas y lociones contra la calvicie. Las enormes pestañas rizadas, la raya oscura, la sombra de los párpados o las cejas depiladas agrandan visualmente el ojo respecto a la cara: una proporción típica de la infancia y la juventud. Las frentes anchas y despejadas, como los peinados voluminosos (¡aquellos cardados!), aumentan el tamaño de la cabeza en relación con el cuerpo, otro signo de inmadurez física. Pero nuestros genes saben que hay otras características corporales que también expresan capacidad de tener hijos. Se ha comprobado empíricamente que una correcta relación entre el ancho de las caderas y la cintura es una señal de capacidad reproductiva. Quizá los corsés eran una tortura, pero funcionaban. Aunque los signos más asociados a la belleza en todas las culturas, incluso entre los niños (no contaminados por los prejuicios adultos), son la simetría en los rasgos y la estatura. Sucede que ambas variables indican a la vez calidad genética y una infancia bien provista. Solo un buen genoma es capaz de igualar los dos lados de un cuerpo que, pese a su aparente simetría bilateral, en el fondo es asimétrico. La estatura también es heredable, lo que indica que, en igualdad de condiciones económicas, la variación de la altura del individuo depende sobre todo de los genes recibidos. Conclusión: un individuo alto y con rasgos faciales simétricos es mejor pareja.
Hay otros indicadores de calidad del genoma: la ausencia de enfermedades visibles, así como la inexistencia de imperfecciones y marcas en la piel, tienden a mostrarnos un sistema inmunitario superior y buenas capacidades de cicatrización. Ambas características son muy deseables en un descendiente, hasta tal punto que se dice que no hay mayor antiafrodisíaco que el resfriado común. Los efectos contra el atractivo de granos o grandes cicatrices visibles son obvios. Por el contrario, las largas melenas y las uñas desmedidas indican estados de salud y buena alimentación persistentes en el tiempo, y son, por tanto, marcadores de calidad genética y de buena crianza.

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